martes, 26 de junio de 2007

Libertad

"Libertad"Andreu BuenafuenteFuente: Captura
¿Qué es la libertad? ¿Alguna vez en tu vida puedes decir con total rotundidad que eres completamente libre?
Mi padre nos abandonó cuando yo era tan sólo un bebé. Le explicó a mi madre que él era un espíritu libre, con pensamiento libre, que no quería ninguna atadura en este mundo. Se fue hace veintisiete años. Nunca volvió ni se preocupó, ni por su mujer ni por su hija. No le conocí, así que no puedo echarle de menos. Y le quiero, porque según mi madre nos parecemos mucho físicamente y en nuestra forma de ser. Por lo tanto, tengo mucho que agradecerle.
El único recuerdo que tengo de él, lo único que no se quemó ni se tiró a la basura, ha sido una fotografía que hizo poco antes de irse, cerca de mi casa materna.
La encontré de pequeña debajo de un armario. Un descuido maternal…
La escondí en mi habitación antes de que ella la descubriera y todas las noches me quedaba mirándola antes de dormirme. Aún hoy, me parece una de las más bellas que he visto, y eso que he observado y hecho muchas. Era una gaviota volando a orillas del mar. Detrás, el nombre de mi padre, Salvador, una fecha y una frase: “quiero ser totalmente libre”. De niña fantaseaba con la idea de que en realidad esa gaviota era mi padre, que en su afán de libertad, se había convertido en un ave que volaba por las costas y que algún día vendría a buscarme y me invitaría a volar con él. ¿Quién en su infancia no ha soñado con surcar los cielos, observar todo el mundo desde arriba?
Me asomaba a la ventana por las noches y me repetía una y otra vez: «hoy vendrá, hoy vendrá». Cuando estaba en la playa, miraba a todas las gaviotas, intentando adivinar cual de ellas sería papá.
Al ir cumpliendo años fui perdiendo la esperanza de ese encuentro, pero fue creciendo en mí la idea de ser completamente libre, como él. Difícil tarea.
De pequeña dependes de tu familia, es complicado hacer tu voluntad con las continuas observaciones y sermones que te dan. Después, en el colegio y en el instituto, eres controlada por tus profesores, que te enseñan lo que se supone que tienes que hacer y como tienes que actuar para ser un miembro aceptable de la sociedad. Lo que más se acerca a la libertad es cuando eliges a tus amigos; y aún así, siempre hay concesiones que tienes que hacer para que la amistad perdure.
A los diecisiete años sentí que me ahogaba en la pequeña burbuja que era mi pueblo, sometida al chantaje emocional de una madre que siempre estaba triste y se sentía sola, con unos abuelos que exigían y esperaban demasiado de mí, con unas amigas que pretendían que fuera como ellas…y con un buen amigo que se había enamorado de mí y quería ser correspondido. Demasiadas ataduras, demasiadas obligaciones, demasiados deseos de otros.
Miraba la fotografía de la gaviota y sentía que se movía, que se alejaba cada vez más de mí…
Quería escapar de allí pero no podía. Tenía miedo. Pasaba los días encerrada en mi habitación, metida en la cama, sin querer ver a nadie, sin querer hacer nada.
Mi madre, preocupada, me llevó a un psicólogo, que al igual que mi familia, que mis amigos, que mis profesores, me decía lo que tenía que hacer: dejar de intentar ser diferente, acatar las reglas de la sociedad y comportarme como la persona adulta que estaba a punto de ser.
Sin pretenderlo, aquel estúpido psicólogo con el pelo engominado y aires de superioridad, me dio la solución.
Al cumplir la mayoría de edad, lograría ser libre. Podría hacer lo que quisiera, sin permisos, sin deberes, sin tener que rendir cuentas a nadie.
Quería seguir los pasos de Salvador, mi padre. Lo primero que hice fue alejarme de todo lo que de alguna manera me cortaba las alas. Debía irme lejos de aquel pueblo, de mi familia, de mis amigos…y de Germán, que pensaba que me amaba tan sólo por haber accedido al final a sus deseos y haberle dejado que me desvirgase. Me faltaba el aire, lo respiraban todo ellos.
Claro que no fue fácil. Los principios siempre son difíciles. Tuve que convencer a mi familia que la mejor opción para mi futuro era irme a Madrid a estudiar para llegar a ser una gran fotógrafa. Tuve que aguantar las lágrimas de mi madre, las protestas de mis abuelos…pero al final lo conseguí.
A medida que el autobús llegaba a Madrid, me sentía más viva que nunca.
Durante mi tiempo de estudio de la fotografía, aprendí muchas cosas más para alcanzar esa libertad soñada: decir no cuando lo que te pedían u ofrecían no era de tu gusto, a disfrutar del sexo sin contemplaciones ni promesas, a hacer lo que quisiera sin tener que dar explicaciones, aprovechar cada minuto de cada día…
Encontré a gente que pensaba igual que yo, amigos de ida y vuelta con los que pasar buenos ratos y de los que aprender a sacar todo el jugo a la vida.
Después de trabajar como fotógrafa en prácticas, como ayudante de un fotógrafo que no tenía ningún talento, y varios trabajos desagradables que tuve que aceptar para conservar la independencia que tanto me gustaba, conseguí mi puesto soñado: como reportera de una revista conocida recorriendo gran parte de los países que deseaba conocer desde hacía tiempo. En la lucha contra la dependencia económica y social había salido vencedora. Era feliz y completamente libre. Miraba la fotografía de mi padre y pensaba que allí donde estuviera, si supiera de mi logro, se sentiría orgulloso, porque me había convertido en esa gaviota que sobrevolaba despreocupada el inmenso mar.
Sin embargo, la perfección no existe, y en algún momento tenía que equivocarme y tropezar en el camino. En uno de mis viajes de trabajo, conocí a Juan, un aventurero nato, un nómada moderno que pensaba que su casa estaba en todos los rincones del mundo y en ninguno en particular. Y fue el primero al que le dije que sí cuando me preguntó si quedábamos a la noche siguiente. Y esas dos noches seguidas se convirtieron en dos semanas en las que apenas salimos de la habitación. Aquella era una sensación nueva para mí: no sólo no me molestaba que se quedara a dormir en mi cama; necesitaba sentir su cuerpo pegado al mío.
Descubrí una felicidad nueva, fresca y la que más me gustaba. Ahora sí que estaba convencida de que podía volar sin necesidad de alas. No me cansaba de besarle, de acariciarle, de tenerle dentro de mí…
Ya no necesitaba hacer mi eterno ritual de acostarme mirando la fotografía de la gaviota. Yo era la gaviota y prefería dormirme perdida en sus ojos verdes aceituna, tan vivos, tan alegres, tan brillantes.
Había descubierto lo que era amar y me preguntaba como podía haber sobrevivido hasta entonces sin él. El problema es que el amor tiene también un lado oscuro y dañino, un pequeño puñal que se te clava en el pecho una y otra vez y que no deja de doler durante días, meses, a veces años: cuando te das cuenta de que las cosas no son como te imaginas. Juan se fue una noche sin decir nada, sin una explicación, sin ninguna manera de contactar con él. Y llegó ese dolor agudo en el pecho y el gran vacío en mi alma. Amo con todo mi ser a alguien para el que sólo he sido un cuerpo sin más, que poseer y añadir a su particular agenda de aventuras sexuales. Desde aquel día me paso horas preguntándome que hice mal, que ocurrió, que pasa por su loca cabeza, si alguna vez piensa en mí, si espera encontrarme de nuevo o prefiere no volverme a ver, si me echa de menos algún segundo, si sabe todo lo que amé sin querer recibir nada a cambio. Me he creado una jaula de cristal, aislada del exterior, alejándome cada día más de esa libertad y esa autonomía que tanto me costó conseguir. Todo ha dejado de tener importancia para mí, todo menos él. Y sueño despierta constantemente con verle de nuevo sonreírme como aquella noche etílica de cervezas, risas, juegos y caricias, con una llamada que en el fondo sé que no recibiré nunca, confesándome que me necesita a su lado. Y sé que todo es en vano, que me enamoré de un espíritu liberal y que no dejé ninguna huella, por lo menos no la suficiente para que tenga deseos de regresar.
Vivo en una soledad amarga, resignada a no ser esa gaviota despreocupada, liberada de dolor, de lágrimas, de culpa, de tristeza…porque no sé si las aves sienten, aman, sufren, lloran…pero yo sí.
Y la única libertad que siempre me estará prohibida es la de decidir cuando dejar de sufrir, cuando dejar de tener esta vida vacía y sin sentido.
En estos momentos miro la fotografía y ya no me fijo en la gaviota. Me veo en el borde de ese precipicio, cerrando los ojos y haciendo mi último intento de echarme a volar, para acabar desapareciendo para siempre en el inmenso mar.
Hace poco recibí noticias de mi padre, Salvador. Resulta que aquel que deseaba ser completamente libre, se está pudriendo en una cárcel de Colombia por tráfico de drogas. ¿Irónico, no?

7 comentarios:

  1. "Resulta que aquel que deseaba ser completamente libre, se está pudriendo en una cárcel de Colombia por tráfico de drogas. ¿Irónico, no?"

    Vaya final, nena!!! La verdad que las personas, a veces, sin quererlo somos contradictorias con nosotras mismas. Supongo que se debe a que en el fondo, nunca tenemos firmemente claras nuestras convicciones (auque nosotros pensemos que sí). Siempre hay algo en lo que no habíamos caído, en lo que no habíamos pensado, y que se lleva al traste lo que nosotros creemos que son nuestras "leyes" de vida.

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  2. Irónico, sí.
    Te comunicon que sigues en la academia nuevamente, y eso no es irónico, aunque cierto es que esta historia no me produjo tanto como la otra que hiciste sobre la rubia. Quizá porqué soy un chico y la otra era más cercana?? Como diría Álvaro Urquijo 'Puede que sí'.
    Veo que los finales bonitos no te gustan demasiado... Los finales felices de cuentos de hadas no suelen existir muy a menudo pero también los habrá no?? Sé que lo normal es que se caiga en monotonías y finales como los tuyo, aunque los otros también son bonitos de leer, falsos, tal vez, pero bonitos, jeje.

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  3. ¡Hola académicos!.;P
    Gracias por vuestros arrumacos.

    Sandra, me alegro que te haya gustado el final. Y es que es así, muchas veces seguimos un sueño, para luego darte cuenta de que en realidad lo que tú tenías idealizado no era tal como imaginabas. O tienes unos principios, y luego te ocurre algo que puede hacer que se desmoronen y tener que replantearte la vida.
    Pero si no, ¿dónde estaría la gracia de vivir y soñar?.

    Sergi, gracias por mantenerme en la academia. No salto porque estoy sentada, si no...
    Sí, la de "Un petó" ha gustado mucho.
    Sobre los finales, creo que ya lo he hablado contigo alguna vez. No me gusta poner finales felices, redondos a mis relatos. Nunca lo he hecho. Para eso están los cuentos de hadas. La vida no tiene finales de historia felices, como mucho agridulces. Y me gusta reflejar la realidad en ellas.
    Pero prometo una historia más divertida para la siguiente foto.;)
    ¿Tú del jurado, eres un estilo a Risto Mejide, no?. Monótona, normal. Suena a que voy a ser escritora de libros del montón, que además son predecibles, o peor, hasta aburridos.:(
    Yo he leído mucho y hay de todo.
    ya te digo, si te gustan los finales felices, hay muchos cuentos de hadas y otros libros. Ya te recomendaré alguno.

    Besos a los dos

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  4. Es una bonita historia, como ya han dicho con final triste. Yo tambien tiendo a finales tristes, creo que llegan mas y al fin y al cabo asi es la vida.
    No me esperaba ese final del padre, ese punto me ha encantado creo que completa la historia.
    Sigue asi pequeña!
    un besuco

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  5. Hola Patri,
    yo más que los finales tristes, prefiero los agridulces. Ya sabes que llevo tatuado un Ying Yang, reflejo que dentro de lo bueno hay algo malo, y que dentro de lo malo hay algo bueno.
    Un ejemplo es el final. Ella está por ahora llena de desamor, pero con el tiempo se dará cuenta de que por lo menos ha conocido el amor, y que en el fondo, si la persona que amas no te corresponde, es que no valía la pena, porque todos nos merecemos amar y ser amados.
    Todo según se mire, aún lo peor, tiene un lado bueno del que aprender cosas.
    Un besazo grande

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  6. Al final la chica muere no? xD

    me ha gustado. Incluso en algunas cosas me siento identificada.

    vaya final para elpadre.jeje Estoy de acuerdo con lo que ha dicho sandra y tu opinion tb.

    No tengo mucho más que añadir...Quizás me gustan más las otras historias, pero esta tb muy bien!!! creo que no soy buena crítica. jeje Animos escritora! ;)

    un besote

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  7. ¡¡Por favor Ana!!
    La pobre está deprimida, y la mayoría cuando estamos así, hemos pensado alguna vez que no queremos seguir viviendo, pero vamos, que lo dejo para la imaginación.
    Yo ya digo que espero que pasen los días o los meses y ella se recupere, y a lo mejor, hasta que se enamore de nuevo y ser correspondida.;P
    Sí, creo que por votación general de arrumacos y comentarios externos, el ranking es:
    1. "Un petó"
    2. "Bailando con fantasmas"
    3. "Libertad"
    Ya lo siento por Andreu.
    Ainsss.:(

    Besos, guapa

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