jueves, 18 de diciembre de 2008

Última publicación con la revista Sede


Como todo últimamente, llego tarde con esta entrada.
Hace un tiempo ya que publiqué por última vez con la Revista Sede.
Una experiencia corta pero satisfactoria.
Algunos ¿privilegiados? ya han leído el relato en papel.
Para los demás, aquí la tenéis.
Y por pura aclaración, cualquier parecido con la realidad es coincidencia. Esta historia la escribí hace varios meses, antes de que mi vida diera este giro.
Espero que os guste.

"Vivir, no sobrevivir"
Tengo treinta y tres años y acabo de nacer. ¿Suena extraño, no?.
Quizás tendría que explicarlo mejor. Sé que lo más normal es decir “he vuelto a nacer”…sin embargo, no es que sienta que tenía otra vida antes que esta…
No he pasado por ningún accidente grave ni me han sometido a una operación complicada que me hayan hecho sentir que estaba cercana a la muerte…simplemente es que por primera vez me siento viva y dueña de mí misma. Siento que he despertado de un largo sueño.
Me miro en el espejo y no me reconozco. Quizás mi madre tenga razón cuando dice que estoy desconocida. Y es que no tengo mucho que ver con la hija que ella tuvo. Somos dos extrañas: ella aprendió a sobrevivir…yo prefiero disfrutar de cada minuto que respiro.
Desde que tengo uso de razón, he hecho lo que se suponía que debía hacer, siguiendo las normas de la sociedad. Debía de convertirme en una mujer de provecho. ¿Qué es exactamente una mujer de provecho?. ¿Estudiar una carrera, acabar en un trabajo estable, casarte, tener hijos, tener buena salud, cuidar de las personas, principalmente de la familia?. Mi vida ya estaba planeada antes de que naciera. Y seguí ese plan al pie de la letra, sin torcerme en ningún momento.
Mis padres me enviaron al mejor colegio de la ciudad. No fueron años fáciles. Nunca fui muy inteligente y me costaba sacar buenas notas. Tuve que estudiar muchas horas para lograrlo. Eso incluía no tener tiempo de ir a clases de pintura.
Una lástima, teniendo en cuenta que pintar era lo que mejor se me daba. Me dijeron que tenía cualidades para convertirme en una gran pintora. Se supone que era una niña prodigio en ese campo. Pero eso no era importante para mi educación. Tenía que centrarme en los estudios para llegar a ingresar en la universidad y conseguir una buena carrera. Así que me esforcé al máximo para llegar a tener un buen expediente académico y dejé para más adelante mi pasión por la pintura. Ya habría tiempo…
Pero en la universidad tuve todavía menos horas libres para dedicarlas al ocio y a mi hobby personal, que no era más que dibujar lo poco que veía del mundo exterior. Tras conseguir la licenciatura realicé un máster para llegar a tener un buen empleo. Y lo logré: acabé trabajando con un puesto estable en una de las empresas más importantes de mi provincia. Mis padres estaban orgullosos de mí. Y yo estaba feliz porque los veía a ellos felices.
A los veintisiete años me encontré con un trabajo estable y un pequeño círculo social con el que compartir mi tiempo. Dentro de esos pocos amigos que tenía, casi todos compañeros de la universidad, estaba Juan. Juan era lo que comúnmente se conoce como un buen partido: inteligente, serio, religioso, con una prometedora carrera como funcionario, fiel a las tradiciones, culto…quizás no muy guapo, pero lo suficientemente atractivo; quizás no muy divertido, pero con el suficiente sentido del humor para no ser el más soso de las reuniones. Mi relación con Juan siempre fue fácil, cómoda y sin apenas altibajos. Una noche me invitó a cenar. A la semana siguiente me llevó un ramo de flores a la salida del trabajo y me dijo que quería salir conmigo. Sí, aunque parezca increíble en estos tiempos, me pidió salir. Yo acepté porque no estaba enamorada de él. Puede sonar contradictorio, sin embargo no lo es. Sólo me había enamorado una vez, a los veinte años, y no había sido una experiencia agradable. Salió mal: él no quería sentirse atado por nada ni por nadie. No quería volver a arriesgarme a sufrir tanto y a derramar tantas lágrimas. No podía permitírmelo.
También se llamaba Juan. Es lo único que tenían en común, el nombre. Juan, mi novio, nunca me hizo daño. Tampoco sentía mariposas en el estómago cuando le veía ni temblaba como una hoja cuando me besaba. Tenía claro que no le amaba, que solamente le quería. Pero todo resultaba sencillo a su lado, así que no tuve ninguna duda cuando me pidió que me casara con él. El amor era para las películas, para los soñadores románticos. Yo no tenía tiempo para soñar. Mis padres, por supuesto, se alegraron mucho de la noticia. Todo su plan, mi vida, iba sobre ruedas. La boda no la recuerdo de una manera especial. Sólo un mero trámite con una corta luna de miel, ya que lo primero era el trabajo. Los dos primeros años de matrimonio nos centramos en conseguir mejores puestos en nuestras respectivas empresas. Teníamos que conseguir un buen nivel económico para conseguir la casa de nuestros sueños. ¿Y mi sueño personal de llegar a ser pintora?. Se resumió en pintar las paredes de nuestro hogar…
Así era yo, así era mi vida. Pasaba los días consiguiendo objetivos, principalmente materiales, para lograr llegar a una meta que yo no había fijado.
Una noche, Juan me sentó junto a él en nuestro lujoso sofá y me dijo que había pensado que ya era hora de que fuéramos padres. Me lo explicó todo detalladamente hasta con un “planning” detallado en un folio, con los mejores meses para concebir nuestro hijo. Hasta eso tenía que estar bien planificado. Yo asentí, al igual que asentía a las órdenes de mi jefe…
Fue entonces cuando vi la luz, me desperté…como se prefiera decir.
A la mañana siguiente me encontré tomando una taza de café y pensando en lo que había sido mi existencia hasta entonces. No recordaba ningún momento en que hubiera sido realmente feliz. Sí recordaba momentos en que había hecho felices a los demás: a mis padres, a mi familia, a mis amigos, a Juan…
Habían ido transcurriendo los años sin apenas darme cuenta de ello, haciendo lo que deseaban los otros, lo que debía de hacer para llegar a ser una mujer realizada, independiente, modélica, “miembro ejemplar” de la sociedad.
Con gran esfuerzo, recordé los dos únicos momentos en los que llegué a rozar la felicidad: cuando el profesor de dibujo de mi colegio me dijo que tenía talento al ver uno de mis cuadros realizados…y cuando Juan, el que no era mi marido, me había besado por primera vez. Sin olvidar las horas dichosas que me proporcionaba llenar de colores un lienzo en blanco. Instantes y sensaciones poco apropiadas y nada recomendables, culpables de que pudiera torcerme y perder el “rumbo dictado”.
Había sido una marioneta cuyos hilos habían sido manejados por ellos, los que nunca se habían detenido a preguntarme cuales eran mis sueños, mis deseos, mis ilusiones. Yo me había dejado hacer porque era el camino fácil, un camino de baldosas amarillas construido por otros y que yo debía de seguir sin rechistar. Eso me liberaba de decisiones propias, de riesgos, de dudas, de miedos…
Detestaba mi trabajo aburrido, me acostaba todos los días con un hombre al que no amaba, seguía los mandamientos de mis padres sin rechistar. Y mostraba siempre una sonrisa fingida que ocultaba mis verdaderos sentimientos.
Dicen que todos los nacimientos son traumáticos. Este también lo fue: sentí que me ahogaba, que no tenía aire para respirar y no podía dejar de llorar. Fueron días duros, dolorosos. Abandoné todo: mi trabajo, mi familia, mi marido, mi hogar artificial…
Menos mal que no llueve para siempre. Pronto salió el arco iris, y con él llegó una enorme sensación de libertad.
Cuando cogí el tren rumbo a un lugar que me alejara de todo, siendo la única responsable de mi destino, llevaba una enorme sonrisa en la cara.
Tengo treinta y tres años y acabo de nacer. Desconozco que me deparará el futuro, pero ahora sé lo que quiero y voy a luchar con todas mis fuerzas para conseguirlo.

6 comentarios:

  1. Tu personaje de ficción a los treinta decide que quiere ser ella misma. Hay personajes reales a los que los convencionalismos les mantienen atados toda una vida. Tal vez por cobardía, o puede que por comodidad, o porque... Al final llegan a ser felices únicamente con las ensoñaciones de lo que pudo ser y no fue.
    Saludos vecina.

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  2. ¡Hola vecino!
    Gracias por tu visita. ;)
    La idea principal de este relato era esa: es mejor seguir tus sueños y lo que realmente deseas, aunque el camino sea más duro y lleno de obstáculos, que permanecer parada/o viendo como pasa la vida frente a ti. Lo peor que nos puede pasar es lamentarnos por lo que no dijimos o no hicimos.
    Por lo menos así lo pienso yo.
    ¡¡Besucos!!

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  3. Una visita rápida para decirte que te pases por mi blog a recoger una cosa. Y no es un premio!

    Prometo volver y leer la entrada con calma, y dejarte mi opinión, por supuesto.

    Besos,
    Blanca

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  4. Regreso después de leer la entrada como se merece.
    Me gusta. Es real y sin embargo, ficción, porque muchos viven rellenando el boceto que alguien les trazó de su vida y raramente deciden romper el lienzo y empezar de cero con sus propias pinceladas (siguiendo con el símil de tu prota).
    Abrazos,
    Blanca

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  5. Me siento tremendamente identificado con tu historia, porque como bien sabes a mí también me tocó tomar una decisión en contra de muchos que pretendían que mantuviera una vida equivocada a través de su satisfacción personal. Un@ debe buscarse a sí mism@, sin tensiones, sin agresiones, pero sin caer jamás en la confusión entre gratitud hacia los demás y una esclavitud de por vida. Debemos mucho, así es, pero no nuestra propia historia personal.
    Un abrazo, amiga.

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  6. ¡¡Hola a los dos!!

    Blanca: gracias por el ofrecimiento en tu blog, pero como bien te he dicho, siento rechazar tu invitación por el cierre temporal de este blog.:(
    Y sí, la vida la tienes que "pintar" tú misma.;)

    Roberto:es que como nos ha cambiado la vida en los últimos meses...menos mal que para bien. :)
    Me quedo con la última frase: "debemos mucho, así es, pero no nuestra propia historia personal."

    ¡¡Besazos a los dos!!

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