miércoles, 4 de mayo de 2011

Relato de Arturo Pérez-Reverte

Y si en el anterior post trataba de un artículo de Carmen Posadas en el XL Semanal, en esa misma revista quedé de nuevo sorprendida gratamente; pero en esta ocasión con el Patente de Corso del señor Arturo Pérez-Reverte, sección a la que soy fiel desde hace años.
La sorpresa fue encontrarme con un relato corto en lugar de un artículo de opinión, que es lo normal.
Quizás otros ya conozcan esa faceta suya, pero para mí fue la primera vez. Y fue una primera vez placentera.
A ver que os parece a vosotros.
De nuevo en este post, otros escriben por mí.

"La tarde en la que acabó el mundo se besaron en la ventana,enlazados el uno con el otro. La luz declinaba afuera, apagándose poco a poco: todavía era rojiza y dorada en la distancia, tras los edificios que se recortaban en ella, mientras las primeras sombras oscurecían los ángulos de calles y edificios. Abajo no había pánico, ni carreras, ni gritos de desesperación. Una multitud serena caminaba despacio por la ciudad: parejas abrazadas, niños que iban de la mano de sus padres, ancianos parados un momento en las aceras, que miraban alrededor como quien busca identificar un rostro o un recuerdo. En los semáforos destellaban intermitentes las luces color ámbar, los coches se dejaban en la calle con las puertas abiertas, y algunos de sus propietarios ni siquiera apagaban el motor antes de alejarse lentamente, sin mirar atrás.

Las últimas tiendas se vaciaban, aunque nadie encendía los rótulos luminosos ni los escaparates. No había saqueos, ni disturbios; los policías caminaban en calma, despojándose indiferentes de sus armas y sus insignias. Los bomberos no tenían nada que hacer: estaban sentados en las escaleras de sus parques y en la puerta de los garajes, ociosos junto a sus camiones cromados y rojos, sonriendo a quienes los saludaban despidiéndose. Por toda la ciudad la gente se decía adiós igual que si fuera Navidad, estrechándose amable la mano o besándose en la cara. Casi todos sonreían serenos y melancólicos, como después de una cena o una fiesta agradable. En las aceras, inmóviles pese a no llevar correa ni estar atados, algunos perros aguardaban pacientes a sus amos, lamiendo las manos de los niños que, al pasar por su lado, los acariciaban.

El edificio estaba sin gente, desiertas las escaleras y vacíos lospisos. No había otro sonido que una música antigua, como de viejo gramófono, que sonaba en algún lugar cercano y llegaba a través de la ventana. En la habitación, el televisor estaba apagado. La luz decreciente oscurecía los lomos de los libros en sus estantes hasta hacer ilegibles las letras doradas de los títulos, y apagaba el rojo intenso del vino en las grandes copas de cristal que estaban sobre la mesa. Había un cuadro en la pared: un lienzo antiguo hecho de claroscuros, del que ya no podía verse otra cosa que trazos de sombras. Todo se oscurecía lentamente, y él propuso encender una luz; pero ella movió con infinita dulzura la cabeza y le puso dos dedos en los labios, como para rogarle que no pronunciase más palabras. De manera que permanecieron callados junto a la ventana, el uno junto al otro, haciéndose compañía en la última claridad del último día.

Se estaba bien allí, pensaron. Aguardando inmóviles y tranquilosmientras veían desvanecerse mansamente todo. Jamás, hasta esa tarde, imaginaron que pudiera ser así, en aquella inusitada paz desprovista de miedo o remordimientos. Alzaron la vista al mismo tiempo para mirar arriba, sobre la ciudad. En el cielo sin nubes ni viento, cuyo color cambiaba del rojizo nacarado a un azul cada vez más oscuro, más allá de la línea de edificios y tejados que se recortaba en el horizonte de la ciudad, se deshacía la estela de condensación del último avión que había cruzado el cielo del mundo. Cuando bajaron de nuevo los ojos, la calle estaba casi vacía. Entre la última gente que se decía adiós en las aceras vieron rostros que se parecían a los de seres queridos muertos mucho tiempo atrás. Y cuando la luz decreció más y la ciudad empezó a velarse definitivamente de sombras, todavía les fue posible distinguir al extremo de la calle, a lo lejos, la rueda del kiosco de feria que seguía dando vueltas silenciosas en el parque vacío, con un niño solitario subido a uno de los caballitos.

Él abrió la boca para decir una última palabra que lo resumiese todo, pero ella volvió a ponerle los dedos sobre los labios. Luego, estrechándose contra él, lo besó por última vez. Después se apartó un poco y volvió a mirar la calle casi desierta, los últimos transeúntes alejándose despacio por las aceras. Sonaba todavía, a través de la ventana, la música apagada del viejo gramófono. A lo lejos, en el parque, los caballitos de feria seguían dando vueltas en la penumbra, aunque el niño había desaparecido. Eso fue lo único que hizo que él sintiera, por un instante, un estremecimiento de melancolía, o de incertidumbre. Ella pareció advertirlo y se enlazó de nuevo a su cintura. Entonces él movió la cabeza, resignado, mientras sonreía a las sombras que ya lo anegaban todo. Luego le pasó a ella un brazo por los hombros, estrechándola contra sí. Y de ese modo, abrazados, muy quietos y serenos, vieron extinguirse la última luz."

lunes, 2 de mayo de 2011

Y tú más

En estos tiempos de elecciones, en un tiempo de crisis y con políticos que dan de todo menos confianza, ha llegado a mis manos este artículo de opinión de Carmen Posadas de "Xl Semanal". Y creo que no podría explicarlo mejor...chapeau por ella.
Así que aquí lo dejo:

" Con elecciones en media España a la vuelta de la esquina, tiemblo al pensar en la sobredosis de política de vía estrecha que se nos viene encima. Pertenezco a esa generación para la que la lucha política era algo grande, vital, exaltante. Ahora casi parece mentira, pero hubo un tiempo en el que aún creíamos que nuestros dirigentes pensaban en nosotros, en el bien común. Un tiempo en el que uno tenía, al menos, la impresión de que su meta era mejorar las cosas, servir a la comunidad, cambiar el mundo. Claro que entonces no había políticos «profesionales» o apparátchiki. Me refiero a personas (como el presidente del Gobierno sin ir más lejos) que nunca han tenido actividad laboral fuera del ámbito de la política, con lo que eso implica. Por un lado, implica una obvia desconexión con ciertas realidades de los ciudadanos y, por otro, un apego desmedido al cargo, puesto que quedar fuera del poder significa irremisiblemente quedarse sin trabajo y, por tanto, sin medio de vida. Todo esto, unido a un encono cada vez más acusado entre los dos partidos principales, hace que las campañas electorales se hayan vuelto un rosario de acusaciones mutuas, diatribas y monsergas que hacen que a uno le den ganas de decir aquello de paren el mundo que yo me bajo. Sí porque, con la que está cayendo y con las situaciones angustiosas que vemos en la calle, lo único en lo que ellos piensan es en tirarse los trastos a la cabeza, sacarse trapos sucios e intercambiar insultos como niños estúpidos cuyo gran argumento ante las denuncias de los otros es decir «y tú más». ¿Que mi política es inoperante; mi partido, corrupto; mis ideas, absurdas; mi inteligencia, la de un mosquito? Y tú más, siempre «y tú más» como único razonamiento.

Visto lo visto, yo me pregunto a qué demonios se dedican esos carísimos estrategas, esos brillantes asesores de imagen a los que los partidos de uno y otro signo pagan un pastón por indicarles cómo enfocar sus campañas electorales. A lo mejor a ellos también los ha atacado el llamado «síndrome de la Moncloa». Ese que abduce a los políticos hasta tal punto que ya no son capaces siquiera de comprender lo que espera el pueblo de ellos. Y es que solo así se entiende que su enfoque de la campaña sea ese afán por compararse con el adversario de modo tan estúpido cuando lo que tendrían que hacer es distinguirse de él. O, lo que es lo mismo, hablar de lo que van a hacer ellos, no de lo que hacen o dejan de hacer los otros. Yo comprendo que es mucho más sencillo como estrategia recurrir a ese ardid infantil del «y tú más» que proponer nuevas ideas, entusiasmar con enfoques diferentes y esperanzar con un liderazgo tan inteligente como eficaz. Comprendo también que, en pasadas elecciones y en campañas electorales anteriores, recurso tan barato como este haya dado buenos resultados porque el viento soplaba a favor y la situación económica del país parecía sólida y próspera, de modo que bastaba con presentarse como menos malo que el adversario para salir elegido. Ahora, en cambio, no solo no es así, sino que su actitud parece una burla, una tomadura de pelo. Alguien, por tanto, debería decirles a los políticos de cada uno de los partidos, a todos los candidatos tanto regionales como nacionales y, por supuesto, a todos sus consejeros áulicos que tanto presumen de saber de mercadotecnia y estrategia electoral que ya basta de marear la perdiz y, por extensión, a todos nosotros. Que tiempos excepcionales requieren personas, si no excepcionales (eso ya sería demasiado pedir, visto el percal), que al menos sepan sintonizar con lo que la gente realmente necesita. Y que lo que necesita son soluciones, no palabras vacuas. Y menos aún «ytumases» e insultos tontos, una estrategia propia de niños de once años en un patio de colegio, pero indigna de personas que aspiran a regir los destinos de un país. ¿Pero es que nos han visto cara de tontos o qué? "