lunes, 26 de noviembre de 2012

Nadie sabe nada

Casi que no escribo este post sobre el preestreno (hay que dejarlo claro, preestreno, que no estreno, ¿verdad Berto?) de la obra «Nadie sabe nada» con Andreu Buenafuente y  Berto Romero, a la que acudí el pasado sábado en Cornellà.
¿La razón? O miento o me acusan de hacer la pelota.
Porque no tengo más que buenas palabras para este espectáculo.

De ponerle alguna pega...dura poco. Tampoco. Dura noventa minutos, aunque te quedas con ganas de seguir sentada en la butaca escuchando el diálogo entre estos ases del humor.
No voy a explicar mucho más que lo que ya hicieron ellos en la rueda de prensa.
El espectáculo se divide en tres partes: la primera, en la que mediante un intercambio de preguntas, intentan conocerse mejor el uno al otro; la segunda, donde comentan la actualidad del día; y la tercera y última, momento para responder las preguntas de los espectadores.
Todo eso bajo la batuta de la improvisación. Desde mi humilde opinión, así se demuestra quien posee suficientes tablas en un escenario: cuando se lanza al vacío sin una red de seguridad en forma de guión. Lo que hace también que el show sea diferente cada vez que se representa (sobretodo en su segunda y tercera parte, evidentemente).
Andreu y Berto juegan con la dialéctica entre ellos, pero haciéndonos partícipes a todos de sus conversaciones, mediante la risa y los aplausos principalmente.
Un combate lleno de preguntas y respuestas, con humor y sin violencia (aunque no puedo evitar acordarme del momento en que deciden parar un diálogo porque «si seguimos así, nos vamos a hacer daño»).

Podría alargarme más con mis argumentos, pero lo mejor es recomendar encarecidamente que vayáis a verlos. Porque en estos momentos de crisis sé que el teatro se ha convertido en un lujo. Sin embargo, es un lujo necesario. Necesitamos una buena ración de diversión y de risas para compensar los malos ratos que no podemos evitar. Y salir con una amplía sonrisa de un espectáculo no tiene precio.
Por lo tanto, creo que está claro. Hay que ir a ver «Nadie sabe nada». Todos saldremos sabiendo al menos que el sentido del humor se tiene o no se tiene.
Porque Andreu Buenafuente y  Berto Romero (y todo el equipo que los acompañan) se lo merecen. Porque nosotros nos lo merecemos.


viernes, 23 de noviembre de 2012

Cuando la música se convierte en enemigo

Tarde de viernes.
Me siento frente al ordenador, dispuesta a escribir un relato de la sección «Historias al son de una canción».
Al volver a casa, sonaba en la radio «I'll be your baby tonight» de UB40&Robert Palmer. 
Enseguida apareció la historia en mi cabeza, idónea para el fin de semana.

Horas por delante, la soledad necesaria para escribir... todo parecía perfecto para la escritura de dicho relato.
Pongo el disco de UB40 para buscar la canción protagonista de la historia.
Y me dejo llevar por su música, no precisamente tecleando y llenando de palabras la pantalla en blanco.
Mi cuerpo comienza a pedirme otra necesidad vital e importante: bailar. A ver quién puede resistirse a esa llamada de la naturaleza. No os asustéis, no voy a dar más detalles.
Disculpadme, pero que levante la mano quién no haya convertido su salón o habitación en una pista de baile y se haya montado su propia fiesta al son de la música. Y no me vengáis con que no tenéis edad ya para eso.

Sí, habrá quien piense: «vaya pérdida de tiempo». Por eso escribo este post. Para justificarme y no tener que decir que ha sido una tarde totalmente improductiva.

Algunos escritores prefieren el silencio, otros prefieren un lugar lleno de gente y conversaciones a su alrededor; y los hay, como yo, que tanto el silencio como el ruido en exceso me desconcentra y elijo la música como compañía de la inspiración. Personalmente me decanto por la clásica o el jazz: acompaña pero no distrae. 
Pero en ocasiones, como hoy, la música se convierte en un enemigo para la creación.
Por eso pido disculpas. No habrá ningún relato hasta la semana que viene.
Y como siempre, de todo se aprende una lección: no escuchar cierto tipo de música a la hora de escribir. Puede ser incompatible, y las musas llegarán, pero para ponerse a bailar contigo.
Buen fin de semana a todos. 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Esperar...sentada.

Según la RAE, esperar tiene varios significados:
1. Tener esperanza de conseguir lo que se desea.
2. Creer que ha de suceder algo, especialmente si es favorable.
3. Permanecer en sitio adonde se cree que ha de ir alguien o en donde se presume que ha de ocurrir algo.
4. No comenzar a actuar hasta que suceda algo.
5. Dicho de una cosa: ser inminente o inmediata.
6. Poner en alguien la confianza de que hará algún bien. 

Curiosamente, después de esto, se define la frase esperar sentado: «cuando parece que lo que se espera ha de cumplirse muy tarde o nunca.»

Es así: lo más probable es que si esperas algo o a alguien, tengas que esperar sentado. O sentada en mi caso.
Si además, lo que esperas o a quien esperas es importante para ti, seguramente tarde en llegar o no llegue nunca.
Es una de las curiosas bromas o bofetadas (según se mire) que nos depara la vida.
También se dice que quien espera, desespera. Gran verdad.
Gustave Flaubert dijo: «es necesario siempre esperar cuando se está desesperado, y dudar cuando se espera».

Espera, esperanza. La esperanza de que llegue lo esperado. 
Lo que me lleva a citar a otros dos autores. Según André Giroux, «el infierno es esperar sin esperanza»; mientras que Maurice Maeterlinck aconsejaba: «aprendamos a esperar siempre sin esperanza; es el secreto del heroísmo».
Pues yo lo siento, pero no tengo madera de heroína. Eso sí, si el infierno existe, seguramente que será una enorme sala con sillas incómodas donde esperas eternamente algo o a alguien. 

Porque (y siento repetir tanto la maldita palabra), la espera es una de las mejores torturas que ha inventado el ser humano.
Lo irónico es que la persona causante de dicha espera no es consciente de su crueldad e insensibilidad en la mayoría de las ocasiones. La razón es clara: para ella no tiene la más mínima importancia ese encuentro, esa llamada, ese correo, esa respuesta que tú con tanto anhelo estás aguardando.
Es la realidad cruda y dura a la que tarde o temprano te acabas enfrentando, a medida que el tiempo va consumiendo tu paciencia y tu esperanza. Pueden ser minutos, horas, días... hasta años. 
Pero todo tiene su lado positivo, aunque no lo parezca. 
Muchas veces aprendes la lección: los culpables de la espera no merecen la pena y hay que dejarlos en el olvido. Como ellos han hecho con nosotros. 

domingo, 11 de noviembre de 2012

Vecinitas

«Vecinitas»
Jordi Alcáraz
Fuente: Captura

¿Cuántas veces me han aconsejado que tengo que madurar?

De todos los consejos que he recibido, he tenido que hacer caso a este... maldita sea mi estampa.
Y aquí estoy, intentando guardar en cajas de cartón los mejores años de mi vida: los discos que sonaron en aquellas inolvidables fiestas; las fotos de las vacaciones locas con mis amigos; películas no recomendadas para menores de dieciocho años; mi cazadora de la suerte para ligar, que me queda pequeña pero soy incapaz de tirar, etc.
Odio las mudanzas. Y esta en particular, se me está haciendo insoportable.
Hace un año me enamoré. Y por desgracia, fui correspondido.
Que nadie se engañe. El amor a veces no es lo mejor que te puede pasar. Sobre todo cuando tu novia te dice la temible frase: «llevamos tiempo saliendo, deberíamos vivir juntos». Que en principio suena como una propuesta, pero no deja de ser una orden. No nos engañemos. Ellas siempre tienen la razón.
Y a pesar de que no hay papeles de por medio, sabes que es el momento de despedirte de tu soltería.
Porque, por supuesto, viviremos en su casa. Mi piso de soltero no le gusta: es pequeño, con menos armarios y más desorden.
Aunque lo que más le molesta es que tengo mejores vistas desde mi sofá.

Suena música enfrente. Mis vecinitas ya se han despertado. Cómo las voy a echar de menos. Mi novia, sin embargo, está encantada con mi pérdida.
Laura, Ana y Paqui, estudiantes universitarias.
Laura es la más simpática; Ana, la más seria; y Paqui, aunque tiene un nombre feo, es la más guapa de las tres. Una rubita, una morena y otra pelirroja: mis ángeles de Charlie particulares.
A algunas personas les molesta que las calles sean tan estrechas en mi barrio. A mí me encanta tener tan cerca a mis vecinitas. Principalmente cuando toca día de colada.
Qué se le va a hacer, así es la madurez: compromiso, seriedad y fidelidad. O dicho de otro modo: no ver más ropa interior que la de tu pareja.
Se acabaron las conversaciones desde el balcón, las invitaciones a tomar un café en su casa, las fiestas íntimas en la mía...
Todo ya es parte del pasado. En mi presente no hay cabida para este piso ni para mi vecindario.
Mi novia me ha sugerido (ordenado) que lo mejor que puedo hacer es romper todo vínculo con mi barrio. Y eso que no sabe, solo se imagina, lo estrechos que han sido los vínculos con mis vecinitas de enfrente. 
Hasta lloraron cuando me fui a despedir de ellas hace dos días. Querían organizarme una última fiesta como despedida. Pero claro, cuando uno decide volverse maduro, lo hace con todas las consecuencias. Mi regalo de consolación fue abrazar por última vez esos dulces cuerpecitos y recibir unos inocentes besos en cada mejilla.

Y aquí estoy, a una hora de que llegue el camión de mudanzas: con todo mi pasado guardado en cajas de cartón y celebrando mi inevitable futuro con la única compañía de una caja de cervezas y un porro.
Y tumbado en mi sofá pienso que en la casa de mi pareja no habrá sitio para mis vicios juveniles e inmaduros y gran parte de mis cosas acabarán en el trastero. O aún peor, en la basura.
Salgo una vez más al balcón. Quién sabe, quizás se asomen mis vecinitas y siga en pie la invitación a esa fiesta de despedida.

jueves, 8 de noviembre de 2012

More than words

Más que palabras es lo que necesito. Más que esas vacías palabras que me dedicas solamente cuando te encuentras desesperado y crees que vas a perderme.

Me has dicho tantas veces que me quieres, que me amas, que has conseguido que esas frases pierdan su sentido.
Así que prométeme que esta noche será diferente.
Esta vez no quiero que utilices tu boca y tu lengua para hablar, sino para recorrer cada rincón de mi cuerpo.
Cierra los ojos y acaríciame como si fuera la primera vez, cuando menos me conocías y más me deseabas.
Hazme el amor como bien sabes, como el profesor experto que siempre has sido para mí, tu alumna ansiosa de aprender y complacerte.
Llévame a ese lugar que conocemos, donde no existen los problemas ni el dolor, únicamente el placer y los orgasmos.
Consigue hacerme olvidar tus mentiras y tus traiciones, y recuérdame en susurros todas las razones por las que nos enamoramos en aquella primavera tardía.
Entonces cuando amanezca entre tus brazos, agotada y satisfecha, comprenderé que este es el principio y no el final de nuestra historia de amor.
Me miraré en tus ojos y no necesitaré nada más. Ni siquiera escuchar de tus labios un «te quiero».  Simplemente lo sabré. 


miércoles, 7 de noviembre de 2012

Mi paraguas


«Mi paraguas»
Agar Castillo
Fuente: Captura


Adoro mi paraguas, capaz de iluminar hasta los días más sombríos.
Hubo un tiempo en que para mí no existían los colores.
La mayoría de mis recuerdos son en blanco y negro, rodeada de personas grises con vidas grises.
Afortunadamente eso pertenece al pasado.
Una mañana me desperté y decidí que no iba a estar nunca para esa gente que vive llena de pensamientos negativos, expertos en llenar de sombras hasta los mejores momentos.
Porque siempre hay que poner un arco iris al mal tiempo, esperando ese rayo de sol que ilumine hasta las nubes más oscuras.
Algunas personas me llaman soñadora, crédula, loca, ilusa, inconsciente...no entienden que siempre encuentre una razón para sonreír.
Parece que en este mundo desesperanzado en el que vivimos, no hay mucho sitio para el optimismo.
A mí me da igual lo que digan.
Llueva o haga sol, me gusta abrir mi paraguas y pensar que la vida depende del color del cristal con que se mira.

Regreso de historias capturadas con invitados

Lo prometido es deuda.
Este blog  vuelve a estar activo y, como no, que mejor comienzo que con una historia capturada.
Para los nuevos que me leéis y para los que tenéis mala memoria como yo, os explico.
Las historias capturadas son relatos que escribo inspirándome en fotos de Captura.
Hasta ahora escribía sobre fotos de los «capturadores». Pero también hay una sección para invitados, donde todo el mundo puede participar (de hecho me encuentro entre ellos, con una foto).
Invitados que hacen buenas fotos que también inspiran historias, como la que publico a continuación.
Hay que decir que la primera invitada es amiga y una excelente fotógrafa.
Espero que os guste.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Regreso al blog

Hoy he tenido un sueño muy extraño.

Estaba en un bar lleno de gente hablando con Max. Sí, el protagonista de Luces de bohemia.
Y en la compañía de una copa de vino, esta vez era yo quien se lamentaba.
A nuestro alrededor la mayoría de la gente, más que hablar entre ellos, hablaban con sus teléfonos móviles o sus portátiles.
- Esto ya no es lo que era, Max. La gente ya no lee los blogs y mucho menos comentan en ellos. Están siempre en las redes sociales. Prefieren la brevedad y la rapidez que deleitarse con mis posts.
-Tampoco te pases. Si fueras tan buena, ya habrías publicado alguna novela. Los dos lo sabemos.
-No cambies de tema. Estoy hablando de la magia del blog, ese rincón que tenemos y que nadie nos puede arrebatar.
-Los blogs están muertos, Maika, acéptalo.
-No están muertos, nunca lo estarán. Siempre habrá un lugar para ellos en este universo virtual que nos rodea. Yo he decidido regresar. Escribir nuevos relatos, retomar las secciones de historias capturadas, de historias al son de una canción...incluso algún artículo de opinión sobre lo que pienso de la vida, de la muerte, del cielo, del infierno...
Incluso haré una nueva sección sobre mi actividad en Twitter. Sí, eso haré, y los lectores que me quieren volverán. Incluso habrá nuevos visitantes fascinados con mis historias. Acompáñame de nuevo, Max, y lo verás con tus propios ojos. ¡Será una nueva etapa, la mejor etapa!

Max me estaba mirando con cara de incredulidad, cuando apareció Don Latino. E inclinándose sobre mí, me espetó:
- ¡Querida Maika, no te pongas estupenda! Que bastante he tenido con Max.