domingo, 11 de noviembre de 2012

Vecinitas

«Vecinitas»
Jordi Alcáraz
Fuente: Captura

¿Cuántas veces me han aconsejado que tengo que madurar?

De todos los consejos que he recibido, he tenido que hacer caso a este... maldita sea mi estampa.
Y aquí estoy, intentando guardar en cajas de cartón los mejores años de mi vida: los discos que sonaron en aquellas inolvidables fiestas; las fotos de las vacaciones locas con mis amigos; películas no recomendadas para menores de dieciocho años; mi cazadora de la suerte para ligar, que me queda pequeña pero soy incapaz de tirar, etc.
Odio las mudanzas. Y esta en particular, se me está haciendo insoportable.
Hace un año me enamoré. Y por desgracia, fui correspondido.
Que nadie se engañe. El amor a veces no es lo mejor que te puede pasar. Sobre todo cuando tu novia te dice la temible frase: «llevamos tiempo saliendo, deberíamos vivir juntos». Que en principio suena como una propuesta, pero no deja de ser una orden. No nos engañemos. Ellas siempre tienen la razón.
Y a pesar de que no hay papeles de por medio, sabes que es el momento de despedirte de tu soltería.
Porque, por supuesto, viviremos en su casa. Mi piso de soltero no le gusta: es pequeño, con menos armarios y más desorden.
Aunque lo que más le molesta es que tengo mejores vistas desde mi sofá.

Suena música enfrente. Mis vecinitas ya se han despertado. Cómo las voy a echar de menos. Mi novia, sin embargo, está encantada con mi pérdida.
Laura, Ana y Paqui, estudiantes universitarias.
Laura es la más simpática; Ana, la más seria; y Paqui, aunque tiene un nombre feo, es la más guapa de las tres. Una rubita, una morena y otra pelirroja: mis ángeles de Charlie particulares.
A algunas personas les molesta que las calles sean tan estrechas en mi barrio. A mí me encanta tener tan cerca a mis vecinitas. Principalmente cuando toca día de colada.
Qué se le va a hacer, así es la madurez: compromiso, seriedad y fidelidad. O dicho de otro modo: no ver más ropa interior que la de tu pareja.
Se acabaron las conversaciones desde el balcón, las invitaciones a tomar un café en su casa, las fiestas íntimas en la mía...
Todo ya es parte del pasado. En mi presente no hay cabida para este piso ni para mi vecindario.
Mi novia me ha sugerido (ordenado) que lo mejor que puedo hacer es romper todo vínculo con mi barrio. Y eso que no sabe, solo se imagina, lo estrechos que han sido los vínculos con mis vecinitas de enfrente. 
Hasta lloraron cuando me fui a despedir de ellas hace dos días. Querían organizarme una última fiesta como despedida. Pero claro, cuando uno decide volverse maduro, lo hace con todas las consecuencias. Mi regalo de consolación fue abrazar por última vez esos dulces cuerpecitos y recibir unos inocentes besos en cada mejilla.

Y aquí estoy, a una hora de que llegue el camión de mudanzas: con todo mi pasado guardado en cajas de cartón y celebrando mi inevitable futuro con la única compañía de una caja de cervezas y un porro.
Y tumbado en mi sofá pienso que en la casa de mi pareja no habrá sitio para mis vicios juveniles e inmaduros y gran parte de mis cosas acabarán en el trastero. O aún peor, en la basura.
Salgo una vez más al balcón. Quién sabe, quizás se asomen mis vecinitas y siga en pie la invitación a esa fiesta de despedida.

4 comentarios:

  1. Te salen muy bien los relatos protagonizados por hombres. ¿Tienes algún "muso"?.

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    1. Gracias. No tengo ningún muso en especial, y lo cierto es que, dado como suelen ser mis personajes masculinos, no creo que a ningún hombre le gustase ser mi muso, si es que le veo así. :-)

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  2. Madurar siempre fue doloroso, creo.

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    1. Qué razón tienes. Pero es un proceso necesario. :-)

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